Donald Trump volvió a dejar al descubierto esta semana la brecha entre su retórica y su capacidad real de maniobra frente a Irán. El presidente de EE.UU. calificó de «basura» la respuesta iraní a su propuesta de paz, advirtió que la tregua vigente está en «respiración asistida» y dejó claro que el Estrecho de Ormuz sigue siendo el nudo que ninguna de las dos partes ha logrado desatar.
Desde el Despacho Oval, Trump resumió su estrategia con una frase que revela más de lo que pretende: «Mi plan es muy simple: Irán no puede tener el arma nuclear». Es un objetivo, no un plan. Y esa distinción importa, porque lo que ha quedado en evidencia tras el último intercambio diplomático con Teherán es precisamente que Washington carece de una hoja de ruta clara para conseguirlo.
Un objetivo sin camino
La semana pasada, los principales negociadores de la Casa Blanca, Steve Witkoff y Jared Kushner, trasladaron a Irán un documento de 14 puntos basado en la extensión del alto el fuego, la reapertura del Estrecho de Ormuz y un proceso de diálogo de treinta días para limitar el programa nuclear iraní, con contrapartidas como el levantamiento de sanciones. La respuesta de Teherán fue, según el propio Trump, «completamente inaceptable»: garantías de fin de hostilidades, reparaciones por la guerra, reconocimiento de la soberanía iraní sobre Ormuz y desbloqueo de activos congelados en el extranjero. Sobre lo nuclear, apenas ofreció diluir parte del inventario de uranio enriquecido y transferir el resto a un tercer país.
«Nos enviaron un trozo de basura. Ni siquiera acabé de leerlo, era una pérdida de tiempo», dijo Trump, claramente molesto ante la prensa.
Amenazas que no se cumplen
Este episodio encaja en un patrón que se repite desde el inicio del conflicto. Trump ha lanzado ultimátums que no se han ejecutado, ha anunciado victorias que no han llegado y ha prometido acuerdos que se han evaporado. A comienzos de abril amenazó con «acabar con toda una civilización» si Irán no cedía; días después anunció un alto el fuego. Ese alto el fuego lleva más de un mes en vigor, aunque Irán no ha dejado de ejercer control sobre Ormuz y los ataques cruzados entre ambos países no han cesado.
El dilema de fondo es estructural. El bloqueo del estrecho asfixia a un Irán militarmente debilitado y económicamente destruido, pero su liderazgo, radicalizado por la guerra, considera que haber resistido ya es en sí mismo una victoria. Y venderá cualquier concesión a un precio muy alto.
La alternativa militar —retomar operaciones, intentar sacar el uranio por la fuerza o tomar posiciones clave iraníes— prolongaría una guerra muy impopular en EE.UU. que ha disparado los precios energéticos, fracturado parte de su base electoral y choca frontalmente con las promesas de campaña de Trump. Los republicanos podrían pagar un coste elevado en las legislativas de otoño si el conflicto se alarga.
Esta semana, Trump intentará una vía diferente: presionar a Xi Jinping durante su visita a China para que Pekín, principal apoyo internacional de Irán, apriete a Teherán. Pero cualquier salida apunta a un acuerdo que no satisfaga del todo a nadie. Y entonces llegará el reto más difícil para el presidente: convencer a sus votantes de que eso es, de alguna manera, una victoria.






