Keir Starmer compareció este viernes ante la prensa con tono grave y sin margen para el eufemismo. «Los resultados son duros, muy duros, y no hay forma de endulzarlos», admitió el primer ministro británico tras confirmarse en los primeros recuentos una pérdida severa de apoyo laborista en las elecciones locales celebradas en Inglaterra. Al mismo tiempo, Reform UK y su líder Nigel Farage protagonizaban un avance histórico que redefine el mapa político del país.
El derrumbe laborista en sus propios feudos
Las cifras son contundentes. En Tameside, en el Gran Manchester, el Partido Laborista perdió el control del consejo por primera vez en casi medio siglo, después de que Reform UK arrebatara los 14 escaños que defendía. En Wigan, histórica comunidad minera que el partido había gobernado durante más de cincuenta años, los laboristas perdieron los 20 asientos en disputa frente a la formación de Farage. La diputada laborista Rebecca Long-Bailey, del ala izquierda del partido, describió los resultados como «desoladores».
El veterano encuestador John Curtice, referencia indiscutida del análisis electoral británico, afirmó en declaraciones a la BBC que el panorama para los laboristas está siendo «tan malo como se esperaba o incluso peor». Según su lectura, el voto aparece hoy fragmentado en cinco o más direcciones —Reform UK, laboristas, conservadores, liberaldemócratas y verdes— sin que ninguna fuerza alcance porcentajes dominantes. Curtice lo describe como una de las mayores transformaciones políticas del último siglo en el Reino Unido.
La cita tenía sobre el papel un carácter municipal, pero el alcance de las pérdidas la ha convertido en algo mucho más incómodo: un referéndum prematuro sobre la capacidad de Starmer para sostener la coalición que le llevó a Downing Street en 2024 con una mayoría histórica. Quedan todavía varios años hasta las próximas elecciones generales, previstas para 2029, pero el margen político del primer ministro se estrecha a ojos vista.
Farage marca el paso del nuevo populismo británico
Farage compareció ante los medios con visible satisfacción y fue directo: «Hemos estado acostumbrados a pensar la política en términos de izquierda y derecha, pero Reform está demostrando que puede ganar en áreas que siempre fueron conservadoras y también en zonas dominadas por los laboristas desde el final de la Primera Guerra Mundial». El dirigente populista anticipó además nuevos avances en el noreste de Inglaterra, Yorkshire, las Midlands occidentales y Essex, y aseguró que «lo mejor está aún por venir».
La situación en Gales añade otra dimensión al golpe. El Partido Laborista se prepara para perder el control político del país galés tras casi tres décadas de hegemonía. De confirmarse esa tendencia, el impacto tendrá una carga histórica difícil de minimizar.
Pese al batacazo, Starmer intentó transmitir firmeza: «No voy a marcharme y sumir al país en el caos», declaró, recordando que en 2024 obtuvo «un mandato de cinco años para cambiar el país». Sus ministros optaron por cerrar filas. El titular de Defensa, John Healey, fue explícito: lo último que los votantes desean es «el posible caos de unas elecciones internas de liderazgo».
Los conservadores, por su parte, tampoco logran capitalizar el desgaste del Ejecutivo. Los ‘tories’ han perdido más de un centenar de escaños municipales y también aparecen desplazados por Reform UK en numerosos territorios, lo que confirma que la crisis no es exclusivamente laborista, sino estructural: el viejo bipartidismo británico se resquebraja, y Farage avanza sobre sus ruinas.






