El 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos llega marcado por una paradoja difícil de ignorar: Donald Trump, el presidente que en su segundo mandato acumula poderes con tintes cada vez más personalistas, ha convertido el 4 de julio en el mayor acto de autopromoción de su carrera política. Lo hará ante el Mall de Washington, con fuegos artificiales récord, más de 20 sobrevuelos militares y un discurso que él mismo prometió que será «realmente largo», todo ello bajo una ola de calor histórica que puede llevar el termómetro hasta los 41 grados centígrados a las 21.45, hora prevista para su intervención.
La ironía histórica es notable. El 4 de julio de 1776, 56 delegados de las 13 colonias adoptaron en Filadelfia la Declaración de Independencia con la que rompieron con la corona británica y fundaron una república donde, en sus propias palabras, los reyes nunca tendrían cabida. Dos siglos y medio después, el hombre que aspira a redefinir los límites del poder ejecutivo celebra ese legado como si fuera suyo en exclusiva.
La preocupación por el calor es real. Los organizadores han retrasado el acceso al recinto y permitirán botellas de agua vacías, siempre que no sean metálicas. Médicos y meteorólogos han alertado del riesgo, pero Trump ya anticipó que la adversidad le servirá para «demostrar que puede hacer lo que quiera».
Una fiesta vaciada de público y cargada de política
El escaparate central de los festejos es la feria Freedom 250, una organización público-privada con la que la Casa Blanca sustituyó a America 250, creada por el Congreso. El balance de asistencia, por ahora, es discreto: las retransmisiones en directo de Fox News desde el recinto muestran, sesión tras sesión, una pradera casi vacía a sus espaldas. La pregunta de cuántos residentes de una ciudad abrumadoramente demócrata querrán mezclar la tradición del 4 de julio con un mitin MAGA tiene una respuesta que los fuegos artificiales no resolverán.
Las encuestas dibujan un retrato sombrío. Una de Gallup concluye que ocho de cada diez estadounidenses creen que los Padres Fundadores no estarían orgullosos del rumbo del país. Otra sitúa en un 59% a quienes piensan que los mejores años de la nación quedaron atrás. Sería injusto cargar todo ese peso sobre Trump: la fractura es responsabilidad de ambos extremos del espectro político. Pero este aniversario redondo es también el primero que se celebra con la influencia global de Washington en franco retroceso, y eso añade una capa de melancolía difícil de disimular.
Más allá de la capital, la celebración se extiende por todo el país con menos medios de los previstos. Trump recortó 100 millones de dólares destinados a festividades locales como parte de su agenda de reescritura histórica, que deja fuera episodios incómodos como la esclavitud o el genocidio indígena. Muchos municipios han tenido que reajustar sus planes. La profesora M. J. Rymsza Pawłowska, de la American University de Washington, confía en que el impulso de las comunidades locales permita que este aniversario sea recordado por algo más que los actos orbitando alrededor de Trump: un servicio evangélico multitudinario, un rodeo, combates de artes marciales en la Casa Blanca y una carrera de coches en Washington completan el programa.






