Donald Trump aseguró este viernes que «tomará el control» de Cuba «casi de inmediato» una vez concluya lo que llamó el «trabajo» en Irán. Las declaraciones, realizadas durante una cena privada del Forum Club en West Palm Beach, Florida, elevan la tensión entre Washington y La Habana a uno de sus puntos más altos en décadas y confirman un patrón de presión creciente sobre el régimen cubano desde el regreso del republicano a la Casa Blanca.
Trump sugirió también que el portaaviones USS Abraham Lincoln, al que describió como el más grande del mundo, podría dirigirse al Caribe y situarse «a unos 100 metros de la costa» cubana. El efecto, según el mandatario, sería inmediato: los isleños «dirían muchas gracias, nos rendimos». La retórica es deliberadamente provocadora, en línea con el estilo del presidente ante audiencias de la comunidad cubanoamericana en el sur de Florida, uno de sus principales caladeros electorales.
La Habana responde y Rodríguez endurece el tono
La respuesta desde La Habana no tardó. El canciller cubano, Bruno Rodríguez, rechazó las amenazas con firmeza: «Los cubanos no nos dejamos amedrentar». En su perfil de X, el ministro calificó las palabras de Trump de «amenaza clara y directa de agresión militar» y las vinculó directamente con las demandas de «élites minúsculas que le prometen lealtad electoral y financiera», en referencia explícita al lobby cubanoamericano. No es una respuesta improvisada: el Gobierno cubano lleva semanas construyendo un relato de resistencia soberana ante lo que presenta como una escalada bélica inminente.
Ese relato encontró esta semana un símbolo poderoso. Raúl Castro, de 94 años, reapareció públicamente en La Habana durante los actos del Primero de Mayo, en la llamada Tribuna Antiimperialista José Martí, situada frente a la Embajada de Estados Unidos. Junto al presidente Miguel Díaz-Canel, el histórico líder revolucionario recibió dos libros con más de 6,2 millones de firmas de la campaña gubernamental «Mi firma por la Patria». El mensaje fue nítido, tanto hacia el interior como hacia el exterior: unidad ante la amenaza extranjera.
Sanciones, bloqueo y el Senado sin freno
Más allá de la retórica, la Administración Trump aceleró esta semana sus medidas concretas. Una nueva orden ejecutiva amplió el bloqueo de activos en Estados Unidos a cualquier persona o empresa que opere en los sectores de energía, defensa, minería y servicios financieros cubanos, o que haga negocios con el Gobierno de La Habana. Es la vuelta de tuerca más dura desde que Trump regresó al poder en enero, cuando ya inició un bloqueo petrolero contra la isla.
El secretario de Estado, Marco Rubio, añadió otro flanco al acusar a Cuba de facilitar la presencia de servicios de inteligencia de adversarios de Washington a apenas 90 millas de su territorio. Y el Senado rechazó este martes una propuesta demócrata para limitar las posibles operaciones militares que Trump pueda ordenar contra La Habana, dejando al ejecutivo con las manos libres en el plano legislativo.
El escenario que se dibuja combina presión económica máxima, amenaza militar explícita y ausencia de contrapesos institucionales. Cuba, por su parte, gestiona la crisis con los mismos instrumentos de siempre: movilización simbólica, retórica antiimperialista y apelación a la soberanía. Lo que ha cambiado es la temperatura del otro lado.






