La geopolítica del Ártico ha entrado en una fase de fricción explícita. La administración estadounidense, impulsada por una política exterior de hechos consumados, ha vuelto a situar a Groenlandia en el centro de su tablero estratégico, desafiando abiertamente la soberanía danesa sobre la isla. Lo que en mandatos anteriores pareció una propuesta transaccional, ha mutado ahora hacia una doctrina de seguridad nacional: Washington argumenta que su estatus de superpotencia le otorga legitimidad para asegurar el territorio ante lo que considera una incapacidad manifiesta de Dinamarca para proteger el flanco norte de la OTAN.
El detonante de la actual crisis diplomática reside en la agresiva retórica desplegada por figuras clave del entorno de Donald Trump, como Stephen Miller. Desde la Casa Blanca se proyecta la imagen de una Groenlandia asediada, describiendo el territorio como una «colonia» vulnerable rodeada de buques rusos y chinos. Esta narrativa busca legitimar una potencial anexión o intervención directa bajo el pretexto de la defensa continental.
Sin embargo, Copenhague y Nuuk (capital de Groenlandia) han reaccionado con firmeza para desmentir estas premisas fácticas. El ministro de Asuntos Exteriores danés, Lars Løkke Rasmussen, tras una reunión de urgencia con líderes groenlandeses y daneses, calificó la postura estadounidense de «interpretación equivocada». Los datos de inteligencia naval que maneja Dinamarca contradicen la versión de Trump: no existe constancia de grandes activos navales de potencias rivales en la zona reciente. Las autoridades técnicas atribuyen los supuestos avistamientos a errores, como una señal GPS aislada de un carguero, y descartan la presencia masiva de inversiones chinas, cuyos proyectos estratégicos en minería y aeropuertos llevan años bloqueados por la propia legislación danesa y groenlandesa.

La defensa del Ártico: de los trineos a la alta tecnología
El punto de mayor fricción simbólica radica en el menosprecio estadounidense hacia las capacidades militares danesas, ejemplificado en la afirmación de que Copenhague defiende la isla «con trineos de perros». Esta caricaturización ha obligado al ministro de Defensa, Troels Lund Poulsen, a poner sobre la mesa las cifras reales de la arquitectura de seguridad en el Ártico.
Dinamarca reivindica una inversión cercana a los 13.400 millones de euros destinada a modernizar su presencia en la zona. Este paquete incluye la adquisición de drones de larga distancia, aviones de vigilancia P8, dos buques de patrulla de última generación y la construcción de un nuevo cuartel general para el Mando Ártico. Con estos datos, Poulsen busca demostrar que Dinamarca no solo ejerce la soberanía, sino que cumple con sus obligaciones en el marco de la OTAN sin necesidad de una tutela estadounidense impuesta.
La vía diplomática
Conscientes de la asimetría de poder, la estrategia conjunta de Lars Løkke Rasmussen y la ministra de Exteriores groenlandesa, Vivian Motzfeldt, pasa por evitar la confrontación pública directa con Trump y canalizar el conflicto a través de los cauces diplomáticos tradicionales. El objetivo inmediato es concretar una reunión con el secretario de Estado, Marco Rubio, percibido como un interlocutor más pragmático dentro de la administración republicana.
La diplomacia danesa asume el reto de «desmontar los argumentos» de Washington con datos, aunque analistas como el catedrático Mikkel Vedby Rasmussen advierten sobre el fondo real de la disputa: Estados Unidos ya no acepta el rol de Dinamarca como intermediario en una zona crítica para la seguridad global. La Casa Blanca parece decidida a tratar el Ártico no como un asunto de derecho internacional, sino como un escenario de competencia entre grandes potencias donde las naciones pequeñas deben alinearse o apartarse.






