El acuerdo nuclear entre Donald Trump e Irán lleva apenas horas de vida y ya acumula sus primeras grietas. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha dejado claro este lunes que Israel mantendrá sus tropas en Gaza, Siria y Líbano «el tiempo que resulte necesario» y que seguirá «frustrando amenazas en la región», una fórmula que en la práctica equivale a reservarse el derecho de bombardear con total libertad. Su resistencia siembra dudas sobre si el pacto, cuyo texto completo aún no se ha publicado, podrá sobrevivir a la segunda fase de negociaciones.
El memorando de entendimiento, firmado electrónicamente por Trump y las autoridades iraníes antes de la ceremonia prevista para el viernes en Ginebra, incluye un cese inmediato de hostilidades en Líbano. Sin embargo, los combates continuaron durante la jornada del lunes. Hezbolá insiste en que seguirá disparando mientras haya tropas israelíes en suelo libanés, y el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, ha advertido de que su país responderá «con plena fuerza» si Irán actúa a consecuencia de ello.
Un texto que nadie ha leído aún
Los términos precisos del acuerdo no se conocerán hasta el martes o el miércoles, según un alto cargo en Washington que habló bajo condición de anonimato, aunque el propio Trump ha sugerido que la divulgación podría retrasarse hasta después de la firma formal. Lo que sí ha adelantado Washington es que el memorando incluye un compromiso iraní de no buscar nunca un arma nuclear, junto con «firmes poderes de inspección». Las negociaciones de los siguientes sesenta días se centrarán en qué hacer con el uranio enriquecido que Teherán ya posee, en los mecanismos de supervisión y en el levantamiento gradual de sanciones.
Trump se mostró satisfecho en la cumbre del G-7 que se celebra en Evian-les-Bains, Francia: «La Bolsa se ha disparado como un cohete. La cosa principal es que Irán no tendrá un arma nuclear. Ellos han aceptado eso totalmente». Al margen del encuentro, el presidente también anticipó que el Estrecho de Ormuz quedará «completamente abierto» desde el viernes, aunque sus propios funcionarios ya advierten que la normalización del tráfico marítimo tardará más, por las tareas de desminado y la cautela de las navieras.
Por su parte, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, reclamó en Evian que las negociaciones de fondo conduzcan al «final de los programas nuclear y balístico» de Irán, una exigencia que Teherán no parece dispuesto a asumir.
Netanyahu, entre el desafío y la presión interna
En Israel, el debate sobre el acuerdo ha eclipsado el lunes casi cualquier otra agenda política. Sin que nadie haya leído el texto, tanto la coalición de Netanyahu como la oposición coinciden en que el pacto desprotege a Israel. El ultranacionalista ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, defiende al primer ministro pero subraya que el acuerdo «no obliga» a Israel a nada. La oposición, encabezada por el exprimer ministro Yair Lapid, lo califica directamente de «fracaso total» y acusa a Netanyahu de haber convertido al país en un «protectorado que recibe instrucciones sobre su seguridad nacional».
El propio Netanyahu ha intentado cuadrar el círculo: ha defendido la guerra con Irán como la decisión que salvó a los diez millones de israelíes de la «amenaza inmediata de aniquilación» nuclear, en contra de las estimaciones de sus propios servicios de inteligencia, y ha insistido en que Israel impedirá que Teherán se dote del armamento nuclear «con acuerdo o sin acuerdo». Un mensaje que, en Washington, han escuchado con creciente inquietud.






