El 4 de septiembre, Giorgia Meloni organizará un acto en Bari para celebrar algo que pocos le auguraban: convertirse en la presidenta del Consejo de Ministros más longeva de Italia en décadas, superando los 1.412 días del segundo gobierno de Silvio Berlusconi. Un récord de longevidad que, en un país acostumbrado a la inestabilidad crónica, tiene un peso político considerable.
La fiesta, de perfil sobrio, reunirá a militantes de Gioventù Nazionale junto a figuras clave del ejecutivo conservador como Ignazio La Russa, presidente del Senado, y los vicepresidentes Matteo Salvini y Antonio Tajani. El acto está pensado como una demostración de fuerza y cohesión para un partido que aspira a mantenerse en Palazzo Chigi hasta, al menos, 2027, cuando vencen las próximas legislativas.
Un récord en un país de gobiernos de quita y pon
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Italia acumuló setenta gobiernos con una duración media de apenas 400 días cada uno. Un dato que contrasta radicalmente con los 24 ejecutivos que contabilizó Alemania en el mismo período. La arquitectura institucional italiana tiene mucho que ver: el bicameralismo perfecto obliga a negociar constantemente el apoyo de otros partidos, lo que históricamente disparó la fragmentación y el cortoplacismo.
«Cuando no se comprende el Fascismo, cualquier cosa es susceptible de serlo», dejó escrito el historiador Renzo de Felice. Una frase que sus partidarios recuerdan a propósito de la reacción que generó la victoria de Meloni en 2022, cuando parte de la prensa europea la asoció al neofascismo. El tiempo, al menos en términos de estabilidad institucional, ha matizado ese relato.
«Estamos orgullosos de estos cuatro años. Hemos recortado en impuestos hasta treinta y tres mil millones. En temas de empleo, hemos creado casi un millón trescientos mil puestos de trabajo más. El índice de paro está por debajo de la media europea», desgrana Marco Osnato, presidente de la Comisión de Finanzas de Hermanos de Italia.
Migración, presupuestos y el horizonte de 2027
Más allá del simbolismo del récord, el acto de Bari servirá a Meloni para marcar agenda de cara al tramo final del mandato en Italia. La reducción de impuestos para autónomos figura como uno de los ejes sobre los que podría pivotar la próxima ley de presupuestos, todavía sin cerrar. También el control migratorio, uno de los flancos donde el gobierno acumula más capital político según sus propias cifras.
«Hemos reducido el 50% el número de llegadas y desembarcos de inmigrantes irregulares respecto al curso anterior. Hemos aumentado las repatriaciones ostensiblemente, y esto es clave para este gobierno», señala Sara Kelany, responsable de inmigración del ejecutivo.
El récord no llega sin tensiones internas. Las fricciones recientes entre Salvini y Tajani en torno a seguridad, defensa, los fondos SAFE y el caso Monte dei Paschi de Siena reflejan que la coalición no es inmune a las presiones. Pero de momento, Meloni mantiene el control de una formación que llegó al poder con pronósticos de seis meses de vida y que ahora mira de frente a la historia democrática de la República italiana, nacida en el referéndum de junio de 1946.






