La ciudad de Tbilisi acoge hoy la Cumbre del Cáucaso, un foro regional de alto nivel que reúne a líderes y representantes de Georgia, Armenia y Azerbaiyán en un momento de profunda reconfiguración del tablero geopolítico en una de las regiones más volátiles del mundo. El encuentro llega en un contexto marcado por el fin del conflicto abierto en Nagorno-Karabaj, la retirada de facto de la influencia rusa en partes del Cáucaso Sur y la creciente ambición europeísta de Tbilisi, todo ello con Ankara observando de cerca.
Un Cáucaso Sur en transición
El Cáucaso atraviesa una de sus fases de mayor transformación desde la disolución de la Unión Soviética. La derrota militar de Armenia en 2020 y la posterior disolución de la república separatista de Nagorno-Karabaj en 2023 alteraron de forma drástica el equilibrio de fuerzas. Azerbaiyán, respaldado por Turquía, emerge como la potencia más consolidada del bloque, mientras que Armenia busca reorientar su política exterior hacia Occidente y la Unión Europea, distanciándose de Moscú con una velocidad que pocos anticipaban.
Georgia, por su parte, vive una situación interna convulsa. El Gobierno del partido Sueño Georgiano aprobó en 2024 una controvertida ley sobre «influencia extranjera» que desató masivas protestas y generó una crisis diplomática con Bruselas. La Unión Europea congeló el proceso de adhesión, y la candidatura georgiana al bloque comunitario permanece en una suerte de limbo político que pesa sobre cualquier conversación regional.
Paz, corredores y la sombra de Moscú
Uno de los asuntos centrales de la cumbre es el avance —o el estancamiento— del proceso de paz entre Armenia y Azerbaiyán. Ambos países llevan meses negociando un tratado definitivo que, entre otros puntos, contempla el diseño del llamado corredor de Zangezur, una ruta de tránsito que conectaría el territorio continental de Azerbaiyán con su enclave de Najicheván a través de Armenia. El asunto es políticamente explosivo: Ereván teme perder soberanía efectiva sobre su propio territorio, mientras Bakú y Ankara presionan para garantizar el acceso.
Rusia, que históricamente ejerció como árbitro en este espacio, ve reducida su capacidad de influencia por el desgaste de la guerra en Ucrania. Ese vacío abre oportunidades para actores como la Unión Europea, que ha desplegado una misión de observación en Armenia, y para Turquía, que refuerza su papel como interlocutor indispensable en la región.
La cumbre de hoy no resolverá por sí sola décadas de disputas, pero sí refleja que el Cáucaso Sur está dejando de ser un espacio exclusivamente definido por Moscú. Lo que ocurra en Tbilisi importa más allá de sus fronteras.






