La Unión Europea y Canadá negocian un nuevo marco de asociación estratégica que abarca energía, minerales críticos, inteligencia artificial, defensa e integración industrial. El objetivo es reducir vulnerabilidades compartidas frente a la presión de Donald Trump y el avance de China. Ottawa aspira, en palabras de varias fuentes comunitarias, a «todo menos a la membresía», una fórmula que sintetiza la ambición del acercamiento sin traspasar los límites formales de los tratados europeos.
El primer ministro canadiense, Mark Carney, ha pasado en pocos meses a convertirse en una figura habitual en las instituciones europeas. Participó en la cumbre de la Comunidad Política Europea en Armenia en mayo, varios de sus ministros han asistido como invitados a consejos de la UE celebrados en Irlanda, y esta semana pronunciará un discurso en el Parlamento Europeo en Estrasburgo. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, intervendrá un día antes y mencionará expresamente el acercamiento con Canadá.
Ambos bloques comparten ya distintos acuerdos y programas. El comercial, el CETA, se aplica provisionalmente desde 2017, aunque todavía arrastra barreras regulatorias pendientes de resolución. El año pasado, el intercambio de bienes y servicios entre la UE y Canadá superó los 130.000 millones de euros. Juntos representan casi la quinta parte del PIB mundial y el 19% del comercio global de bienes y servicios.
Un paraguas de pactos sin superacuerdo
La idea que toma forma en Bruselas no es un único tratado omnicomprensivo, sino un marco estratégico articulado en varios acuerdos sectoriales que permitan a Canadá acercarse al mercado único. Los enviados especiales de ambas partes trabajan en pactos sobre cadenas de suministro críticas, tecnología, tierras raras, comercio digital, defensa, educación y movilidad profesional. Una fuente comunitaria menciona incluso la posibilidad de que Canadá se incorpore a programas como el Erasmus y que se facilite la libre circulación de profesionales entre ambos bloques.
Canadá ha creado un grupo de trabajo específico para avanzar en estas negociaciones. El objetivo es presentar el nuevo paraguas estratégico en la cumbre UE-Canadá que se celebrará a finales de octubre en Montreal. Carney ha llegado a plantear ante algunos líderes europeos que se otorgue a su país un estatus de «miembro asociado», según un diplomático comunitario presente en una reunión celebrada esta semana entre capitales, la Comisión y el Consejo Europeo.
La ambición es grande, pero no unánime. Varios Estados miembros reclamaron en esa misma reunión un enfoque más gradual y pidieron que se considere el conjunto de socios estratégicos cercanos: Noruega, Suiza, Islandia y, sobre todo, el Reino Unido, con quien la UE sigue buscando un encaje cómodo tras el Brexit.
El factor Trump y la ecuación multilateral
Trump ha actuado como acelerador involuntario de esta aproximación. Ha llegado a plantear la absorción de Canadá como un Estado más de EE UU, firmó una orden para renombrar el lago Ontario como «lago América» y mantiene una guerra comercial activa con Ottawa mientras multiplica los ataques ideológicos contra la UE. El eurodiputado socialista Javier Moreno, presidente de la delegación del Parlamento Europeo para las relaciones con Canadá, valora el acercamiento como «beneficioso para ambos» y pide ambición en los nuevos acuerdos, aunque recuerda que Carney nunca tendrá asiento en el Consejo Europeo ni comisarios propios.
Durante la Asamblea General de la ONU, a finales de septiembre, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, organizará junto a Carney y al presidente de Kenia, William Ruto, una cumbre de «socios del multilateralismo» para defender el orden basado en reglas frente a la presión constante de Washington. La estructura de esa alianza inédita avanza, sin corsés formales por ahora, a buen ritmo en Bruselas.






