Donald Trump acelera la preparación de sus fuerzas para una nueva fase de la campaña militar que Estados Unidos sostiene en el Caribe. El presidente afirmó desde el Air Force One que ya conoce “más o menos” los objetivos en Venezuela, y sus palabras reforzaron la percepción de que Washington se acerca a un punto decisivo. El despliegue naval, el mayor en décadas frente a las costas venezolanas, concentra la atención de América Latina y del resto del mundo, que siguen con cautela un escenario capaz de reconfigurar el equilibrio geopolítico regional.
La Administración estadounidense mantiene que la ofensiva sigue orientada a combatir el narcotráfico. El secretario de Estado, Marco Rubio, insiste en ese marco legal y político. Sin embargo, Trump ha mencionado públicamente una “fase dos” que podría incluir acciones contra objetivos terrestres. Esa ambigüedad alimenta la hipótesis de un giro hacia una estrategia de presión directa sobre Nicolás Maduro, a quien Washington acusa de financiar su permanencia en el poder mediante redes ilícitas. Varios analistas en la capital estadounidense coinciden en que esta tensión se ha transformado en un pulso personal entre ambos líderes.
El asesor Daniel Elkins sostiene que la operación busca claramente un cambio político en Caracas. Trump y su equipo, no obstante, calibran los riesgos: el presidente quiere una base legal sólida y teme una intervención fallida que pueda dañar su credibilidad. El rechazo ciudadano condiciona aún más sus decisiones. Una encuesta de Reuters/Ipsos refleja que la mayoría de los estadounidenses desaprueban el uso de fuerza letal contra embarcaciones sospechosas y rechazan una intervención sin consentimiento venezolano.
Movimientos militares simbólicos
El portaaviones Gerald Ford simboliza la magnitud de la apuesta. Su presencia implica un coste elevado y una presión constante para actuar, mientras el Departamento de Defensa amplía las operaciones en Puerto Rico, Panamá y Trinidad y Tobago. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lanzó esta semana la operación Lanza del Sur, diseñada —según él— para neutralizar redes narcoterroristas. En paralelo, Trump ha autorizado misiones encubiertas y movimientos aéreos de adiestramiento que refuerzan la señal de que Washington evalúa múltiples opciones.
El giro estratégico hacia el hemisferio occidental adquiere un carácter estructural. La futura Estrategia de Seguridad Nacional priorizará América Latina, en un retorno explícito a la lógica de influencia regional. Este cambio tensiona relaciones clave, como las de Colombia y Reino Unido, y alimenta alianzas con gobiernos afines. Para varios expertos, Trump persigue consolidar una posición de dominio prolongado en un espacio que considera parte esencial del poder estadounidense.






