América Latina vuelve a explorar fórmulas de coordinación política en un contexto internacional cada vez más fragmentado. El Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, celebrado desde este miércoles en Panamá, reunió a siete jefes de Estado, un presidente electo y miles de representantes institucionales y empresariales. La cita, organizada por CAF —banco de desarrollo de América Latina y el Caribe— con el apoyo del Grupo Prisa, aspira a consolidarse como un espacio de referencia regional, a medio camino entre foro económico y cumbre política informal.
El encuentro se produce en un momento de especial tensión internacional. Donald Trump encara su segundo mandato en la Casa Blanca y ha reintroducido una política exterior más unilateral, con impacto directo en América Latina. La región observa el avance de fuerzas de ultraderecha, el desgaste de varios gobiernos progresistas y una creciente dificultad para articular respuestas comunes ante amenazas externas. Ese trasfondo convirtió un foro pensado inicialmente para fortalecer lazos comerciales en una plataforma de debate geopolítico de mayor calado.
El presidente ejecutivo de CAF, Sergio Díaz Granados, inauguró el foro subrayando la capacidad estructural de la región para enfrentar sus dilemas si logra coordinar intereses. Poco después, Luiz Inácio Lula da Silva situó el eje del debate. El mandatario brasileño, al frente de la mayor economía latinoamericana, reclamó una integración más autónoma y cuestionó la falta de convicción política de los liderazgos regionales. Sin mencionar directamente a Trump, Lula alertó sobre la fragilidad del multilateralismo actual y sobre la incapacidad latinoamericana para anticipar riesgos estratégicos.
“Contrapeso de paz”.
El presidente panameño, José Raúl Mulino, reforzó ese mensaje desde el simbolismo. La visita de los mandatarios a las esclusas de Cocolí, clave en la ampliación del Canal de Panamá, funcionó como recordatorio de las recientes declaraciones de Trump sobre la soberanía de la infraestructura. Mulino pidió que América Latina actúe como “contrapeso de paz” y defendió una mayor cohesión regional para sostener capacidad de negociación frente a potencias externas.
El foro también evidenció las contradicciones internas de la región. Coincidieron dirigentes con disputas abiertas, como Gustavo Petro y Daniel Noboa, o líderes ideológicamente enfrentados, como Lula y el presidente electo chileno José Antonio Kast. La fotografía conjunta, más que una señal de armonía, reflejó una convergencia táctica ante presiones externas compartidas.
Sin documento final ni compromisos formales, el encuentro dejó claro un diagnóstico común: América Latina carece hoy de una voz unificada, pero empieza a asumir el coste estratégico de esa ausencia. En un sistema internacional menos previsible, la región vuelve a debatir si la fragmentación es una opción sostenible o un riesgo estructural.






