Italia

Giorgia Meloni y el arte de gobernar entre la ideología y la gestión

Giorgia Meloni cumple tres años en el poder consolidando su liderazgo a través de una gestión marcada por la estabilidad, el pragmatismo exterior y el control político interno, que han convertido su permanencia en una nueva forma de poder en la política italiana

La primera ministra italiana, Giorgia Meloni. Foto: ©Palazzo Chigi – Presidenza del Consiglio dei Ministri/ Facebook.

Giorgia Meloni ha logrado algo que pocos políticos italianos pueden exhibir: continuidad. En un país donde los gobiernos suelen caer antes de cumplir un ciclo natural, la primera ministra ha convertido la estabilidad en un símbolo de poder y en una forma de legitimidad. Tres años después de su llegada al Palacio Chigi, Meloni ha transformado la permanencia en el cargo —en sí misma una rareza en Italia— en una revolución silenciosa.

Su liderazgo, definido en sus inicios por el asombro europeo ante el ascenso de una figura procedente del nacionalismo posfascista, ha evolucionado hacia un estilo de gobierno basado en el control, la previsibilidad y la gestión de las tensiones. Meloni no ha renunciado a su identidad ideológica, pero ha aprendido a modularla. En política exterior mantiene un conservadurismo pragmático: apoyo a la OTAN, lealtad a Bruselas y relaciones ordenadas con Washington, pese a los sobresaltos que a veces provoca Donald Trump. En lo económico, sigue la línea de su predecesor Mario Draghi, con cuentas equilibradas y reformas contenidas. Pero en el frente interno, conserva la retórica dura que alimenta a su base: discurso identitario, firmeza migratoria y críticas a una oposición fragmentada que no ha encontrado aún un relato alternativo.

Esa mezcla de rigidez discursiva y flexibilidad táctica define lo que en Roma llaman el “modelo Meloni”. Una estrategia de equilibrio entre ideología y gestión que le ha permitido sobrevivir a sus propios límites. Meloni gobierna sin grandes reformas, pero también sin grandes crisis. No entusiasma a sus adversarios, pero tampoco los moviliza. Como explicó el ex primer ministro Massimo D’Alema, “no se hace odiar, porque no hace nada”, aunque para otros, como Marco Follini, su aparente quietud es una forma de astucia: “Gestiona sus contradicciones y sabe navegar”.

Valoración en las encuestas

El consenso, por ahora, la acompaña. Las encuestas la sitúan como la dirigente más valorada de Italia, muy por encima de Giuseppe Conte y Elly Schlein, sus principales rivales. Este respaldo le permite hablar de “estabilidad” como un valor político en sí mismo. “La continuidad —suele repetir— permite decisiones valientes y relaciones internacionales más sólidas”. En la práctica, esa continuidad se traduce en una Italia más previsible en el escenario europeo, menos propensa al ruido y con una agenda exterior que, sin grandes giros, prioriza el pragmatismo frente a la ideología.

Pero la estabilidad tiene también un precio: el inmovilismo. Tres años después de su llegada, Meloni no ha aprobado reformas estructurales significativas. Los presupuestos se sostienen sobre una economía de crecimiento mínimo, y las tensiones sociales se expresan más en las calles que en las urnas. Su coalición —con Matteo Salvini y Antonio Tajani— mantiene un equilibrio precario, sostenido por la fuerza personal de la primera ministra y por la ausencia de alternativas creíbles dentro de la derecha.

Desafíos

El futuro inmediato plantea desafíos que pondrán a prueba ese equilibrio. El referéndum sobre la separación de poderes judiciales y la posible reforma electoral definirán el alcance real de su proyecto político. En ambos casos, Meloni camina sobre una cuerda fina: si logra imponer su visión, consolidará su poder institucional; si fracasa, abrirá grietas en su mayoría.

En el ámbito internacional, la relación con Trump representa otro frente de incertidumbre. El reciente episodio en el que el expresidente estadounidense difundió un vídeo falso atribuyéndole declaraciones sobre aranceles y Ucrania ha generado incomodidad en Roma. Meloni intenta mantener una línea autónoma entre Washington y Bruselas, consciente de que su credibilidad exterior depende tanto de la coherencia europea como de su capacidad para no ser percibida como una figura instrumental de la Casa Blanca.

Tres años después, Giorgia Meloni encarna una paradoja: una líder surgida de los márgenes del sistema que se ha convertido en su principal garante. Su revolución no ha sido ideológica, sino institucional. En un país donde los gobiernos se derrumban por exceso de ambición o por falta de método, Meloni ha demostrado que el poder, a veces, se conserva no por la fuerza del cambio, sino por la disciplina de permanecer.

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