El Acuerdo de Asociación entre la Unión Europea e Israel sobrevive por ahora, pero la presión sobre él no ha hecho más que crecer. Una iniciativa ciudadana europea logró reunir un millón de firmas en apenas tres meses reclamando su suspensión, convirtiéndose en la más veloz desde que este mecanismo existe. Pese a ello, el Consejo de Ministros de Exteriores de la UE rechazó la semana pasada dar ese paso, en una reunión celebrada en Luxemburgo que volvió a revelar las profundas divisiones entre los Veintisiete.
Más de 350 ex cargos y diplomáticos europeos se sumaron a las voces que exigen la ruptura. La eurodiputada francesa Manon Aubry, copresidenta de la izquierda en la Eurocámara, lo expresó sin ambages: «Cuando la guerra comenzó en Ucrania, la Comisión Europea tardó escasas horas en proponer medidas. Ahora, con Israel, no puede escudarse en que el Consejo no quiere hacer nada».
Aritmética
La Comisión Europea recomendó en septiembre imponer sanciones contra los ministros israelíes Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich y suspender parcialmente los acuerdos. Alemania, Italia y Hungría bloquearon entonces la propuesta. Trece Estados miembros, entre ellos Francia, Irlanda y España, se mostraron a favor, representando en torno al 56% de la población europea, aún lejos del umbral del 65% que exige la mayoría cualificada. Sin Berlín o Roma, el avance es imposible.
Ambos países, históricamente férreos defensores de Tel Aviv, han congelado sin embargo acuerdos de seguridad bilaterales y entregas de armamento, algo impensable hace pocos años. El Reino Unido y Francia han reconocido a Palestina. España y Eslovenia han impuesto un embargo total de armas. La retirada de Víktor Orbán como principal escudo de Benjamín Netanyahu en Europa —sustituido por un Péter Magyar de posición ambigua pero comprometido con la política exterior comunitaria— altera también el tablero.
España: la más dura, pero aislada
El Gobierno español lidera la línea más exigente y reclama la ruptura total del acuerdo, una medida que requiere unanimidad y que los expertos consideran hoy inviable. El eurodiputado popular Antonio López-Istúriz, ex presidente de la delegación para las relaciones con Israel en la Eurocámara, defiende que «suspender el acuerdo no contribuiría a mejorar la situación sobre el terreno, sino que reduciría la capacidad de influencia de la UE».
Desde Bruselas reconocen, en público y en privado, que algo está cambiando. Los ataques en el Líbano, el estancamiento humanitario en Gaza, la expansión de asentamientos en Cisjordania o la aprobación de una ley que permite la pena de muerte a palestinos generan un nuevo momentum. «Estamos solo al comienzo de una nueva etapa», afirma una fuente diplomática.
La pregunta que queda en el aire la formula Nele Anders, experta del European Council on Foreign Relations: «¿Han asimilado realmente los gobiernos europeos las lecciones estratégicas de los últimos años, o la atención se disipará de nuevo una vez que la crisis inmediata remita?». La respuesta determinará si la presión actual deja huella o se convierte en otro episodio de retórica sin consecuencias.






