Marine Le Pen ha arrancado oficialmente la campaña de las elecciones presidenciales francesas con una posición que ningún otro candidato ha logrado en los últimos ciclos electorales: la de favorita indiscutible. Los sondeos de Ipsos-BVA la sitúan entre el 33% y el 35% de intención de voto, veinte puntos por encima del líder de La Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon (15,5%), y del centrista Édouard Philippe (14%).
El término ultrafavorita se lo debe la líder de Agrupación Nacional (RN) al multimillonario Vincent Bolloré, propietario de Le Journal du Dimanche, que ha convertido el semanario en su plataforma de cabecera. Más allá del sesgo del medio, las cifras ratificadas después por Le Figaro apuntan en la misma dirección: Le Pen llega a su cuarta candidatura presidencial en una posición que jamás había tenido, impulsada por el malestar económico, social y político que marca el ocaso del doble mandato de Emmanuel Macron en el Elíseo.
Otro sondeo de Ipsos-BVA-CESI para Le Monde lo confirma con otro termómetro: casi la mitad de los franceses dice estar abierta a «comportamientos radicales para encontrar nuevas formas de hacer las cosas». Brice Teinturier, subdirector general de Ipsos, lo traduce con precisión: «Los franceses desean darle la vuelta a la mesa pero sin romper los platos». La gente quiere un cambio fuerte, pero no a cualquier precio.
La vivienda como nuevo eje de campaña
Desde su feudo de Hénin-Beaumont, arropada por su delfín Jordan Bardella y su sobrina Marion Maréchal, Le Pen lanzó el relanzamiento oficial de su candidatura con un discurso que sorprendió por su enfoque. En vez de cargar contra la inmigración —su terreno habitual—, eligió el acceso a la vivienda como «prioridad nacional» y lo hizo con un mensaje inusualmente inclusivo: «Con nosotros, los franceses, independientemente de su color de piel o religión u origen, tendrán prioridad en sus propios lugares de residencia».
Anunció la derogación de la polémica Ley de Solidaridad y Renovación Urbana y la cesión gratuita de terrenos públicos a promotores para construir «miles de apartamentos a precios asequibles». El tono no sonó a extrema derecha clásica. «No hay nada más gratificante que la sensación de armonía en el hogar, de poder decir estoy en casa«, dijo en el momento más cercano de su intervención, marcando lo que probablemente será el registro emocional de su campaña.
Los datos de opinión, sin embargo, muestran una Francia partida. El 50% de los encuestados sigue percibiendo a RN como «un partido nacionalista y xenófobo» y el 59% cree que su llegada al Elíseo generaría «fuertes tensiones y divisiones». El 55% teme un giro favorable a Rusia en la guerra de Ucrania y el 52% considera que Le Pen debilitaría el papel de Francia dentro de la UE. Pero el 53% también cree que su llegada «serviría para poner en orden el país» y el 48% estima que RN «está preparada para gobernar».
La vuelta de Marion Maréchal agita a Agrupación Nacional
La presencia de Marion Maréchal en el acto de Hénin-Beaumont no fue inocua. La sobrina de Le Pen, que había roto con el clan cuando el Frente Nacional se transformó en Agrupación Nacional, pasó años en la órbita de Éric Zemmour y llegó a ser eurodiputada de Reconquista en 2024. Su regreso al redil familiar ha generado fricciones con Bardella, que según Libération —citando fuentes cercanas a RN— llegó a plantear un ultimátum: «O ella o yo». El propio Bardella lo ha negado con rotundidad.
Las tensiones, sin embargo, son reales. A sus 36 años, Maréchal aparece alta en algunas encuestas presidenciales y es percibida dentro del partido como una figura con agenda propia. Le Pen no se ha desentendido del asunto: «En la casa de los Le Pen, la familia siempre importa», declaró, reservándole un papel en campaña y posiblemente algún cargo si llega al poder. Maréchal, por su parte, se comprometió a trabajar para que «Jordan Bardella tenga una mayoría parlamentaria en el futuro». Un equilibrio frágil, pero por ahora en pie.






