La calma aparente que hoy se respira en el norte de Israel oculta una realidad marcada por la incertidumbre y el temor a un nuevo estallido militar. Aunque los habitantes han regresado paulatinamente a sus hogares tras los enfrentamientos posteriores al 7 de octubre de 2023, lo hacen conscientes de que la paz es, en el mejor de los casos, temporal. El coronel retirado de inteligencia Guideon Harari resume el sentir general: una nueva guerra con Hezbolá no es cuestión de si ocurrirá, sino de cuándo y con qué alcance. Según él, “la próxima guerra durará dos semanas y acabará mal”, lo que refleja tanto la percepción de inestabilidad duradera como el convencimiento de que Israel actuará con mayor contundencia que en enfrentamientos previos.
Durante los últimos dos años, el norte israelí ha sufrido tantas transformaciones como devastaciones. Localidades, como la colina de Misgav Am, han quedado marcadas por la destrucción de viviendas utilizadas por Hizbolá para el lanzamiento de cohetes. Las Fuerzas de Defensa de Israel, en un intento de blindar la frontera y evitar nuevos ataques, han demolido entre el 60% y el 90% de las casas desde donde se detectaron actividades militares, expulsando a parte de la población civil hacia el sur del Líbano. Los planes de Hizbolá para incrementar masivamente sus ataques, según fuentes militares, se frustraron gracias a una ofensiva israelí más firme, aunque la situación sigue sin un desenlace político o social claro para la región.
Nuevo gobierno del Líbano
El nuevo gobierno del Líbano encara el desafío de reducir la influencia de Hizbolá en el sur del país. Harari subraya que el cambio debe surgir desde dentro; Israel descarta intervenir de forma directa para evitar la prolongación de la ocupación y prevenir bajas militares. Mientras la frontera con Líbano permanece como epicentro potencial de conflicto, Siria y el papel de Irán como actor indirecto acentúan el carácter volátil del entorno. La presencia de diversos grupos militares y religiosos en Siria y la guerra por delegación en la que Irán apoya a Hizbolá, Hamás o los Hutíes, perpetúan el ciclo de tensión.
En julio, la respuesta coordinada de Israel y Estados Unidos incluyó bombardeos sobre infraestructuras iraníes tras el colapso parcial de la Cúpula de Hierro. Las secuelas materiales han sido ampliamente visibles en Tel Aviv, donde se reportaron miles de viviendas destruidas. No obstante, nadie en el entorno de la seguridad israelí prevé una solución militar definitiva sin aval estadounidense.
El coronel Harari ofrece un diagnóstico perdurable: Israel debe mantener una doble estrategia de disuasión y diálogo, consciente de que su entorno geográfico le exige estar alerta de forma permanente. “No podemos comportarnos como si esto fuera Nueva Zelanda y estuviéramos en paz con todos nuestros vecinos. Vivimos en el peor barrio de la ciudad”.






