La estrategia de disuasión activada por Alí Jamenei frente a Donald Trump entra en una fase de máxima tensión regional. Teherán ha intensificado los mensajes y movimientos de su red de aliados armados en Oriente Próximo mientras Estados Unidos refuerza su despliegue militar, una combinación que eleva el riesgo de escalada inmediata y condiciona el equilibrio de seguridad a medio plazo en el Golfo y el Levante.
Irán recurre a los resortes que aún conserva tras los golpes sufridos por sus aliados en los últimos meses. Naim Qassem, secretario general de Hizbolá, ha advertido de que su organización no permanecerá neutral si Washington ataca a Irán, y ha anticipado una respuesta escalonada. En Irak, Abu Hussein al Hamidawi, líder de Kataib Hizbolá, ha alertado del peligro de una “guerra total”. En Yemen, los hutíes han difundido material audiovisual que recuerda su capacidad para hostigar buques militares y comerciales, un mensaje dirigido a disuadir una decisión de fuerza de la Casa Blanca.
Teherán complementa esa presión indirecta con capacidades propias. El liderazgo iraní subraya su arsenal de misiles de corto y medio alcance para alcanzar bases estadounidenses en la región y mantiene sobre la mesa el estrecho de Ormuz como palanca estratégica. El cierre de esa ruta, por la que transita alrededor de una quinta parte del petróleo mundial y una parte sustancial del gas natural licuado, tendría efectos inmediatos en los precios energéticos globales y ampliaría el conflicto más allá del ámbito regional.
Despliegue militar estadounidense
Estados Unidos, por su parte, ha elevado el listón militar. Trump ha autorizado el despliegue del portaaviones Abraham Lincoln con escolta equipada con misiles Tomahawk, ha enviado aviones F-15E adicionales y ha reforzado defensas aéreas Patriot y THAAD. El presidente ha combinado la presión con una apertura retórica al diálogo, al asegurar que Teherán “quiere hacer un acuerdo”, aunque Washington mantiene exigencias conocidas: frenar el enriquecimiento de uranio, limitar el programa de misiles y cesar el apoyo a milicias aliadas.
La coyuntura interna iraní añade urgencia. La economía sufre una contracción severa bajo sanciones; el rial ha marcado mínimos históricos y el malestar social persiste tras semanas de protestas. El Gobierno restringe el acceso a Internet y refuerza el control interno mientras exhibe símbolos de resistencia para proyectar normalidad y firmeza.
En este cruce de señales, Jamenei intenta sostener una doctrina de “no guerra y no acuerdo” que gana tiempo, pero la acumulación de fuerzas y declaraciones reduce los márgenes de error. A corto plazo, la disuasión busca evitar un choque directo; a medio plazo, la región queda sujeta a un equilibrio frágil en el que cualquier incidente puede precipitar una escalada.






