La selección española ya está en la final del Mundial. Un gol de penalti de Mikel Oyarzabal y una definición de categoría de Pedro Porro liquidaron a una Francia que llegó a Dallas como el rival más exigente que ha encontrado España en este torneo. El resultado fue contundente: 0-2. La final del 19 de julio en Nueva York espera.
El partido empezó con la intensidad que prometía el cartel. Luis de la Fuente apostó por la continuidad y la fiabilidad: Fabián Ruiz en el centro del campo para equilibrar la dureza de Tchouameni y Rabiot. Francia es difícil de superar por esa zona, pero España tampoco vive de la fuerza bruta. Su arma es otra: el balón, la combinación, la capacidad de hacer correr al rival hasta que agota sus recursos mentales.
La primera mitad estuvo marcada por el control español y los sustos puntuales de un Mbappé que buscaba imponer su ley sin encontrar del todo la puerta de Unai Simón. Barcolá fue el más peligroso de los galos por la banda, pero la solidez defensiva española, con Laporte como muro y Rodri como metrónomo, anuló cualquier intento de profundidad real.
El penalti que abrió la final
Fue Lamine Yamal, más listo que nadie incluso cuando el balón no le pertenece, quien provocó la pena máxima. Anticipó el salto, recibió la falta y Oyarzabal se encargó del resto: sin paradita, sin teatro, golpeó duro y alto. Imposible para Maignan.
España gestionó el desconcierto francés con la misma calma que lleva exhibiendo desde el primer partido. Y llegó el segundo. Porro recibió en el área tras una dejada exquisita de Dani Olmo, se paró, midió y cruzó el balón a la red con la convicción de quien lleva toda la vida esperando ese momento.
Francia intentó la remontada con Mbappé al frente, reclamando galones, pidiendo el balón, buscando la épica. Llegó demasiado tarde y sin puntería. El primero lo tapó Unai, el segundo se fue por centímetros. Olise y Dembelé desaparecieron del partido mucho antes del pitido final.
Un equipo que juega con ideas y también con agallas
Lo más notable de esta España no es solo la calidad técnica, sino la solidez que ofrece cuando tiene que defender. Un sistema ordenado, una presión constante hacia arriba y muchas piernas para cerrar los pases en profundidad. Francia, el mejor ataque del Mundial en papel, no encontró el camino hacia Unai con claridad.
El partido fue un ejercicio de coherencia colectiva. Cuando Saliba cayó lesionado antes del descanso, nadie en el bando español aprovechó el momento para aflojar. Todo lo contrario.
España jugará su segunda final mundialista. La primera fue en 2010, con aquel gol de Andrés Iniesta que aún resuena. Ahora, en Nueva York, espera otro capítulo de una historia que de momento no tiene techo.






