La tregua de dos semanas pactada entre Irán y Estados Unidos frenó los bombardeos a gran escala, pero no cerró la herida de fondo: los aproximadamente 440 kilogramos de uranio altamente enriquecido que siguen en manos de Teherán. Ese material, suficiente para fabricar un pequeño número de bombas nucleares según el Organismo Internacional de la Energía Atómica, es hoy el verdadero centro de gravedad de un conflicto que, de momento, solo ha pausado su cara más visible.
El alto el fuego llegó con escenas contradictorias. Las calles de Teherán se llenaron de ciudadanos que celebraban la tregua mientras gritaban «¡muerte a Estados Unidos, muerte a Israel!», y el primer vicepresidente iraní, Mohammad Reza Aref, proclamó en redes sociales que «la era de Irán» había comenzado. Al mismo tiempo, la Guardia Revolucionaria advertía que no tiene «ninguna confianza» en las promesas de Washington y que su «dedo está en el gatillo». Una victoria que se celebra con las armas cargadas.
El uranio, la grieta que nadie cierra
El acuerdo no especifica qué ocurrirá con ese material nuclear. Ni Washington ni Teherán han aclarado si el uranio enriquecido se retirará, destruirá, entregará o simplemente vigilará durante las negociaciones. Trump aseguró esta semana en redes sociales que trabajará con Irán para sacar a la superficie el «polvo nuclear», en referencia al uranio que, según él, quedó enterrado tras los ataques estadounidenses de junio contra instalaciones nucleares iraníes.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, fue más contundente: afirmó que Irán entregará ese material, aunque dejó abierta la posibilidad de una operación directa estadounidense si fuera necesario. Trump, por su parte, advirtió que EE.UU. mantiene bajo «intensa vigilancia satelital» los emplazamientos nucleares iraníes y que volvería a atacarlos si detecta cualquier movimiento del material. La tregua, por tanto, no ha cerrado el frente nuclear: lo ha congelado bajo amenaza de nuevos bombardeos.
Pakistán media mientras el Golfo sigue en tensión
El arranque del alto el fuego no estuvo exento de incidentes. Ataques en Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Kuwait salpicaron la primera jornada, y la compañía nacional iraní de petróleo denunció un ataque contra una refinería en la isla de Lavan. La Guardia Revolucionaria también afirmó haber derribado un dron israelí sobre la provincia de Fars.
Pakistán asumió el papel de gran mediador, con el apoyo de Turquía, Egipto, Arabia Saudí y China, cuya entrada en escena en las horas finales resultó clave para que Teherán aceptara la tregua. El primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif, fue quien anunció el acuerdo públicamente y quien invitó a las dos partes a negociar en Islamabad.
Las diferencias entre ambas partes siguen siendo enormes. Irán presentó una propuesta de diez puntos que incluye el mantenimiento de su programa de enriquecimiento de uranio, el control sobre el estrecho de Ormuz, la retirada de tropas estadounidenses de la región y compensaciones por los daños sufridos. Trump aceptó esa propuesta como «base viable de negociación», radicalmente distinta a la hoja de ruta de quince puntos que Washington había presentado previamente, lo que anticipa unas negociaciones largas y complejas.
Entre tanto, Teherán estudia imponer un régimen de peaje en criptomonedas para los petroleros que quieran cruzar Ormuz, según reveló el Financial Times. La reapertura real del estrecho sigue siendo la prioridad número uno de Trump, pero todo apunta a que ese objetivo no llegará gratis.






