Marruecos celebra este miércoles unas elecciones legislativas que van mucho más allá del reparto de escaños. Los 15,8 millones de electores llamados a elegir a los 395 diputados de la Cámara de Representantes votan en un contexto de fractura interna en el Ejecutivo, desencanto juvenil generalizado y una crisis migratoria en Ceuta que resume, con más crudeza que cualquier campaña electoral, el malestar de una generación. Aziz Akhannouch, jefe del Gobierno y líder de la Agrupación Nacional de los Independientes (RNI), llega a los comicios con el desgaste de las elecciones Marruecos más incómodas de su mandato.
El resultado determinará también el futuro de la coalición tripartita que sostiene al Ejecutivo, integrada por el RNI —conocido como el partido de la paloma—, el Partido de la Autenticidad y la Modernidad (PAM) y el Istiqlal de Nizar Baraka. Pero lo que debería ser un ejercicio de renovación democrática llega envenenado por las tensiones entre los dos socios principales. En agosto, el RNI acusó al PAM de intentar captar a sus candidatos mediante ofertas y presiones. El detonante fue la incorporación al PAM de Fouzi Lekjaa, ministro delegado de Presupuesto y presidente de la Federación Real Marroquí de Fútbol, hasta entonces considerado próximo al partido de Akhannouch. Su fichaje agravó una pugna que ya venía de antes.
Ahora, RNI y PAM concurrirán por separado y ambos aspiran a ganar, lo que podría obligarles a sentarse a negociar con su propio rival para formar Gobierno. Fatima-Ezohra El Mansouri, coordinadora del PAM, comparte con Akhannouch la devoción por la monarquía y la economía de mercado, pero eso no ha bastado para mantener la unidad.
El precio del empleo prometido y no cumplido
El RNI no cumplió su promesa electoral de crear un millón de empleos. Ese incumplimiento ha erosionado la imagen de la coalición y ha abierto la puerta al principal partido de la oposición, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), de corte islamista, que ha centrado su campaña en la lucha contra el desempleo y los monopolios económicos. El PJD lleva semanas recordando que las políticas del Gobierno han deteriorado el poder adquisitivo de las clases populares mientras los grandes capitales del país han salido beneficiados. Un argumento que cala en un país donde, según el Consejo Económico, Social y Medioambiental, 4,3 millones de personas están en paro y los menores de 24 años representan el 37% de los desempleados.
El crecimiento económico existe —el FMI cifra el PIB en un 4,9% en 2025— pero no llega a quienes más lo necesitan. Los grandes proyectos de infraestructuras vinculados al Mundial de Fútbol de 2030 concentran inversiones que los jóvenes reclaman para hospitales y centros educativos. En septiembre de 2025, el colectivo GenZ212 —en referencia al prefijo telefónico +212 y a la Generación Z— organizó manifestaciones masivas que el Gobierno respondió con represión.
Ceuta como termómetro del desencanto
La baja participación juvenil no sorprende en ese contexto. A diferencia de España, en Marruecos la inscripción en el censo no es automática. Aunque cerca del 12% de la población tiene menos de 24 años, solo el 4% de esa franja de edad se ha registrado para votar. El mismo día de las elecciones circula un nuevo llamamiento para intentar cruzar la frontera de Ceuta, mientras las fuerzas de seguridad vigilan los colegios electorales. Es una paradoja que lo dice todo.
Sea cual sea el resultado, será Mohamed VI quien nombre al próximo jefe del Gobierno a partir de los datos de los comicios, como corresponde a un sistema en el que el monarca ejerce una influencia decisiva sobre la seguridad, la defensa y la economía. Las urnas hablan, pero la última palabra sigue siendo suya.






