Con una participación histórica del 80%, la más alta en décadas, Hungría vivió este domingo una jornada electoral que reescribe su historia política reciente y anticipa el fin del llamado sistema Orbán. El partido Tisza, liderado por Péter Magyar, obtuvo 138 de los 199 escaños del Parlamento, frente a los apenas 55 que logró el Fidesz del hasta ahora primer ministro Viktor Orbán. El ultranacionalista Mi Hazánk completó el cuadro con seis escaños. El resultado deja un Parlamento inédito: tres fuerzas de derecha y ningún diputado de izquierda.
La supermayoría de dos tercios que consigue Magyar no es un detalle menor. Los analistas coinciden en señalar que esa cifra es la llave para desmantelar lo que se conoce como el «sistema Orbán»: la arquitectura institucional que el exprimer ministro construyó durante más de una década para concentrar poder y blindar su gobierno frente a cualquier alternancia real.
Magyar, ante un Estado que describe como «no funcional»
«Hungría no es un estado funcional en este momento», advirtió el líder de Tisza en su primera intervención tras el cierre de los colegios. Magyar, que procede del mismo ecosistema ideológico que el propio Orbán —fue un gran admirador suyo durante su juventud— llegó a esta cita electoral con el respaldo del Partido Popular Europeo y con un programa que mira claramente hacia Bruselas y Varsovia, las dos primeras capitales que visitará tras asumir el cargo.
El contraste con la etapa saliente resulta llamativo. Orbán construyó durante años una retórica antieuropea que le valió múltiples enfrentamientos con las instituciones comunitarias y la congelación de miles de millones en fondos europeos. Magyar convierte precisamente esa herida en una prioridad: «volver a traer fondos de la UE a casa» figura entre sus primeras grandes urgencias, junto con la restauración de la libertad de prensa, la independencia judicial y la libertad académica.
El «sistema Orbán», ante su mayor desafío
El nuevo escenario político húngaro va más allá del simple cambio de gobierno. Magyar ha anunciado que no habrá macroministerios, sino carteras separadas de salud, educación y medio ambiente, y un Ministerio de Interior centrado exclusivamente en las fuerzas del orden. Se perfila así una reconfiguración del Estado que, según sus propias palabras, parte de un presupuesto «completamente saqueado y vaciado» y de un país muy endeudado.
La jornada no estuvo exenta de tensiones. En varias regiones, especialmente en las más empobrecidas, circularon denuncias de compra de votos por parte de Fidesz. En localidades como Kerepes, el presidente del autogobierno romaní local habló de tarjetas de diez mil forintos —unos 27 euros— entregadas a cambio del voto al candidato de Orbán. Furgonetas trasladando votantes, «entradas a una fiesta» o incluso «una lavadora» como moneda de cambio político: las irregularidades fueron numerosas, aunque la dimensión del resultado hace prácticamente inviable que alteren el desenlace.
Por su parte, el veterinario y diputado independiente Ákos Hadházy, conocido por sus denuncias de corrupción, pedía calma y firmeza: «No hay elección que no pueda ser falseada por el poder en un régimen híbrido. La única pregunta es si se atreve a hacerlo».
La llamada de Orbán a Magyar para felicitarle por la victoria llegó antes incluso de que el primero pronunciara su discurso público. Un gesto que, en el lenguaje de la política, tiene tanto de protocolo como de punto final.






