La salida de Borge Brende, hasta ahora presidente y director ejecutivo del Foro Económico Mundial, vuelve a colocar el foco sobre la relación entre poder político, élites financieras y falta de control institucional. El exministro noruego anunció este jueves su dimisión tras quedar vinculado, a través de documentos judiciales estadounidenses, al entorno de Jeffrey Epstein, figura central de uno de los mayores escándalos transnacionales de las últimas décadas.
La renuncia no responde a una imputación formal, pero sí a una presión política y reputacional que el propio Brende reconoció como incompatible con la estabilidad de la institución que dirigía. En su comunicado, subrayó que su salida busca evitar “distracciones” en un momento especialmente sensible para el Foro y para la gobernanza global que dice representar.
Contactos personales y desgaste institucional
Los archivos difundidos por el Departamento de Justicia de Estados Unidos detallan al menos tres encuentros entre Brende y Epstein en Nueva York entre 2018 y 2019, además de intercambios regulares por correo electrónico y mensajes de texto. En esas conversaciones, ambos llegaron a abordar la posibilidad de que el Foro adquiriera un papel alternativo al de Naciones Unidas, una idea que refuerza la percepción de que ciertos espacios privados aspiran a influir en la arquitectura del poder internacional sin los contrapesos habituales.
Brende sostuvo que desconocía el historial delictivo de Epstein y pidió disculpas públicas. Sin embargo, la junta directiva del Foro optó por encargar una investigación independiente para aclarar el alcance real de la relación. Aunque el informe final no aportó nuevos elementos sustanciales, la presión acumulada terminó por forzar la dimisión. El relevo provisional recae ahora en Alois Zwinggi, a la espera de un sucesor definitivo.
Noruega, epicentro europeo del escándalo
La caída de Brende supone otro golpe para Noruega, uno de los países europeos más expuestos por las ramificaciones del caso Epstein. La crisis no se limita al ámbito económico o diplomático, sino que alcanza a las más altas esferas del Estado.
La Mette-Marit, princesa heredera, aparece mencionada en numerosas ocasiones en los documentos judiciales. Su relación personal con Epstein, que incluyó una visita a su residencia en Palm Beach cuando ya había sido condenado, ha erosionado seriamente la imagen de la Casa Real noruega, pese a las disculpas públicas emitidas en las últimas semanas.
A ello se suma la imputación por corrupción agravada del ex primer ministro Thorbjørn Jagland, quien mantuvo contactos con Epstein durante su etapa al frente del Consejo de Europa y del comité del Nobel de la Paz. El caso también ha salpicado a los diplomáticos Mona Juul y Terje Rød-Larsen, figuras clave de los Acuerdos de Oslo, ambos investigados por presuntos pagos y colaboración.
La dimisión de Brende confirma que el caso Epstein ya no se limita a ajustes de cuentas individuales. El escándalo cuestiona la opacidad con la que operan determinadas élites y plantea un desafío duradero a la credibilidad de las instituciones que dicen representar el orden internacional.






