Belfast lleva días instalada en una tensión que muchos de sus habitantes dicen haber visto venir desde hace meses. La ciudad vive su mayor oleada de violencia antiinmigración desde los llamados Troubles, el conflicto entre católicos y protestantes que desangró Irlanda del Norte hasta finales de los años noventa. El detonante fue el apuñalamiento del norirlandés Stephen Ogilvy, de 44 años, presuntamente a manos del ciudadano sudanés Hadi Alodid, de 30, que había llegado al Reino Unido desde Irlanda como refugiado y ha sido acusado de intento de asesinato.
«Esto llevaba mucho tiempo cociéndose, por lo menos un año», explicaba un taxista en las inmediaciones de Kinnaird, el barrio donde se produjo el ataque y epicentro posterior de los disturbios. Las calles del centro de la ciudad amanecieron vacías. Comercios y restaurantes echaron el cierre. En la plaza del Ayuntamiento, habitualmente animada hasta bien entrada la noche en estas fechas, solo había furgones policiales.
Las autoridades norirlandesas y británicas afirman desconocer la motivación del ataque. Pero en la calle la interpretación es unánime y apunta a un paralelismo con las decapitaciones del Estado Islámico, un vínculo que los responsables políticos rechazan pero que ya ha colonizado el discurso público.
Redes sociales, listas de objetivos y la sombra de Musk
El papel de las plataformas digitales ha resultado determinante. El martes circulaba por Irlanda del Norte una lista con nombres y domicilios de inmigrantes y de personas favorables a la acogida. La policía norirlandesa la calificó de «lista de objetivos» y la declaró «absolutamente inaceptable». Pero la realidad iba por delante de los comunicados institucionales.
Rupert Lowe, fundador de Restore Britain, un partido ultranacionalista de apenas tres meses de vida que las encuestas sitúan cerca del 10% en las próximas elecciones parciales de Makerfield, escribió en X: «Debemos terminar de dar asilo a quienes desean decapitar a jóvenes». Elon Musk, propietario de la plataforma y hombre más rico del mundo, retuiteó el mensaje sin añadir comentario alguno.
Sobre el asfalto, las consecuencias fueron visibles: un tramo de calzada carbonizado a cinco minutos del Ayuntamiento, un taxi incendiado en Kinnaird poco antes de las ocho de la tarde, y la policía desplegando cañones de agua en Newtownabbey mientras ardía otra furgoneta. Manifestantes con el rostro cubierto arrancaron ladrillos de muros exteriores y destrozaron aceras con mazas para lanzar los fragmentos contra los antidisturbios.
Una fractura que cruza las viejas líneas sectarias
Irlanda del Norte mantiene intacta su división histórica entre unionistas protestantes y republicanos católicos. Hay quien señala que los grupos más activos en las protestas son mayoritariamente unionistas, pero los hechos contradicen esa lectura limpia: en los disturbios del martes ardieron también viviendas de norirlandeses de toda la vida, católicos y protestantes por igual. Kinnaird, el barrio donde comenzó todo, es de mayoría católica.
La sensación generalizada en la ciudad es que esto no ha terminado. Quienes se quedaron en casa el martes lo hicieron sabiendo que el ambiente estaba muy cargado. Lo que empezó como rabia dirigida contra la inmigración derivó en una violencia que, por primera vez en mucho tiempo, parece ignorar las viejas fronteras sectarias.






