Las protestas en Francia han alcanzado este sábado un nivel de violencia sin precedentes en los últimos años. El regreso de los chalecos amarillos, movilizados por la pérdida de poder adquisitivo y reforzados por la rabia estudiantil, ha dejado a Emmanuel Macron sin margen de maniobra. Las calles de las grandes ciudades ardieron desde primera hora de la tarde y la policía cargó con pelotas de goma, gases lacrimógenos y cañones de agua. El balance: unos 1.200 detenidos y escenas de caos de Marsella a París.
Los organizadores convocaron más de 500 acciones y 90 manifestaciones, y cifran en 800.000 los asistentes. En Lyon, las barricadas de bicicletas, contenedores y neumáticos cortaron el paso desde la mañana. En Marsella, un grupo vandalizó una comisaría y forzó las puertas del Ayuntamiento, hasta el punto de que su alcalde reclamó refuerzos directamente al presidente. En Limoges, el fuego destruyó buena parte del consistorio, mientras en Lyon ardió la oficina de turismo.
En París, la marcha principal transcurrió de forma pacífica, pero en las calles adyacentes los antidisturbios y los encapuchados libraron una batalla campal. Ardieron coches, motos y mobiliario urbano, y un grupo estuvo a punto de entrar en las galerías Lafayette. Algunos manifestantes lograron incluso llegar a la plaza de la Concordia, vetada por Interior, tras la llamada operación escargot, con huevos y botes de pintura para cegar los cascos policiales.
Un Gobierno sin interlocutores a seis meses de las presidenciales
El contexto agrava la fragilidad del Ejecutivo. Francia debe aprobar un presupuesto con recortes de 54.000 millones de euros, arrastra una deuda del 119% del PIB y la ultraderecha aspira por primera vez a las puertas del Elíseo. El Banco de Francia ha rebajado su previsión de crecimiento hasta el 0,4%-0,5% y eleva la inflación al 2,5%. El sociólogo Jérôme Fourquet resume el ambiente: «La sensación es la del final de un reinado».
Macron prometió castigo a quienes provoquen destrozos, y el primer ministro Sébastien Lecornu señaló a «grupos de extrema izquierda» por organizar la violencia. El ministro del Interior, Laurent Nuñez, acusó a La Francia Insumisa de alentarla. Sin embargo, esta formación, con Jean-Luc Mélenchon a la cabeza, es la única que ha logrado participar en las protestas y capitalizarlas políticamente.
La violencia policial, otro frente abierto
La gestión policial también está en cuestión. Nuñez suspendió temporalmente un tipo de arma tras la amputación de una mano a un manifestante de 15 años en Lens. Pero los artefactos volvieron a usarse y otro manifestante perdió una extremidad en Saint-Étienne. Desde el inicio del movimiento estudiantil, unos 210 alumnos de secundaria han resultado heridos, hay 8.000 detenciones (el 85% de menores) y los daños superan los 30 millones de euros.
La secretaria general de la CGT, Sophie Binet, sostiene que el precio de productos básicos y del combustible se ha vuelto inasumible para muchos trabajadores. En la calle, el lema es el mismo que hace ocho años: «Macron, dimisión». La diferencia es que esta vez el presidente apenas cuenta con apoyos para responder.






